Es media tarde. Y no está dispuesta a pasarla otra vez encerrada en casa dándole vueltas a su árida relación sentimental. En ocasiones hay que saber reconocer que algo no tiene solución y es mejor no esperar nada que sentarse a esperar.

Desde su ventana mira el mar, una cinta azul que se junta con el cielo.
Coge una chaqueta y su bolso y se lanza calle abajo, como si sus pies quisieran alejarla de aquello que la está perjudicando. Se pregunta si llegará a tiempo de ver la puesta de sol desde la playa.

Cuando llega frente al mar encuentra una cabaña con mesas vacías en la arena de la playa y se dispone a contemplar otro atardecer mágico, espectáculo del que disfruta en esta época cuando el sol se pone en el mar.

No llevaba mucho rato sentada, con su cerveza a medio tomar, cuando se da cuenta de que en la mesa de al lado un hombre con un portátil abierto la observa de vez en cuando.
Ella sigue fijando la vista en el espectáculo que va a empezar en el horizonte, pero echa vistazos de reojo al hombre que la mira ya sin disimulo.
—Disculpa, —le dice él.
—¿Me permites que te invite a otra cerveza?
Se queda sorprendida por el tono profundo y a la vez cálido de su voz. Su mirada azul intenso es acogedora y una sonrisa en sus labios la acompaña.

Normalmente hubiera rechazado la invitación, pero un sexto sentido hace que la acepte.
El hombre cierra su portátil y se levanta de su mesa, sentándose a su lado.
Mientras el cielo va adquiriendo un tono rojizo, su conversación va pasando por diversos temas, por bromas y preguntas hasta que se dan cuenta de que las luces de las farolas en la calle iluminan la noche. Ninguno quiere marcharse.
—¿Vienes conmigo? —le pregunta ella.
—Si, pero… ¿a dónde me vas a llevar? —responde él —sonriendo.
Ella no duda al contestar:
—A conocernos mejor…

 

Anónimo

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